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La profanación

Por: Vicente Antonio Vásquez Bonilla

Arnaldo, meses atrás, aceptó el actual trabajo debido a las condiciones infrahumanas en que subsistía, allá, en uno de los asentamiento de la lejana Capital .

—¡No quiero estar en este pueblo! ¿Pero qué hago? Me siento aislado, perdido y lo que es peor, lejos de la mujer que amo. Bien dicen que: la necesidad tiene cara de chucho.

Arnaldo procede de la ciudad de Guatemala y en éste remoto lugar en el norte de Alta Verapaz, la soledad y la distancia lo mantienen sumergido en la tristeza. No hay facilidad de transporte hacia la Capital, ni medios viables de comunicación. Camila, su novia, debido a su pobreza, no tiene teléfono celular y en el asentamiento en que vive no hay un aparato cercano. La única forma de mantener la relación es por carta y éstas tardan en llegar. Parte de la travesía del correo es en bestia o a pie y una vez por semana, cuando todo marcha bien.

La incertidumbre lo está matando, alguien le dijo: que amor de lejos, es de pendejos y eso bastó para que se hundiera en lo más profundo de la desesperación. Teme que otro hombre se atraviese en el camino de Camila y le robe su cariño.

El anciano más sabio de la aldea, que sabía de sus aflicciones, le aconsejó que, para comunicarse con su amada, aunque fuera en una sola dirección, es decir, sin recibir respuesta como sucede con los teléfonos; sería salir de la vivienda a media noche y en un lugar apartado, viendo hacia la luna, hablarle por medio de uno de sus zapatos. El secreto, le había recalcado, está en hacerlo con fe y que ella, de manera telepática e inconsciente recibiría sus mensajes. De esa forma no lo olvidaría y le permanecería fiel.

—Yo no creo en lo que me dijo ese viejo, deben ser babosadas, a lo mejor su intención era burlarse de mi. Pero no tengo nada que perder y voy a probar.

Durante varias noches, Arnaldo, ha salido al milperío y con pasión le ha enviado mensajes a la mujer que ama.

—Después de todo, si seré baboso, yo aquí escondido entre la milpa, hablando como loco con un zapato hediondo, menos mal que es el mensaje el que le va a llegar y no su olor, sino, estaría perdido –se dice y sonríe con amargura.

La desesperación que permanece en él, de manera obsesiva, lo lleva a comunicarle al anciano:

—Seguí su consejo, Don. Pero creo que no es efectivo y mis temores siguen vivos. Sino tuviera necesidad de la chamba, otra cosa sería. Hace tiempo que hubiera volado al lado de Camila o ya me la hubiera traído, como mi esposa o simplemente como mi conviviente. Pero ella quiere por fuerza matrimonio y con qué la voy a mantener. ¿Con mi mísero sueldo? ¡No!

-Mirá patojo, de todos es sabido que la fe mueve montañas. Si querés algo más efectivo, hacé lo siguiente: Siempre, usás el zapato, le enviás tu mensaje a media noche, cuando la luna esté llena y utilizando el corazón de un niño...

—¡¿El corazón de un niño?! —Lo interrumpió, alarmado.

El anciano vio para todos lados y hablándole al oído, para que nadie se enterara, le dio instrucciones de lo que tenía que hacer con el corazón.

Arnaldo se quedó más triste de lo habitual.

—¿Cómo voy a hacer para conseguir el corazón de un niño? ¿Acaso los venden en las farmacias? ¿O para conseguirlo me voy a convertir en asesino? -Se dijo con desesperación.

Cerveceando con Claudio, el enterrador del pueblo, le cuenta sus penas y Claudio le indica:

—Mirá vos, hoy enterramos un niño, el hijo de la nía Meches. La tumba está aún con la tierra floja, vamos, lo desenterramos, le sacamos el corazón y hacés lo que tengás que hacer.

¿A lo macho? ¿Vos, serías capaz de hacerme ese favorazo?

Claro que sí. Vos naciste parado, precisamente hoy es día de luna llena. Eso si, vos, después de que hagás tu babosada me tenés que devolver el corazón para que se lo coloquemos de nuevo al niño, para que su alma pueda descansar en paz y no tenga que salir a buscarlo.

Te lo prometo, mano. Yo, te devuelvo el corazón de inmediato.

Arnaldo y Claudio animados por las cervezas, salen rumbo al cementerio, toman las herramientas que habitualmente usa Claudio y con facilidad desentierran al pequeño difunto. Debido a la pobreza de los deudos, el cadáver no está en caja, se encuentra envuelto en sábanas, pegadas con cinta adhesiva. Arnaldo animado por la fuerza que le da el amor o los celos, abre el pecho del muerto y extrae el corazón. Él esperaba que al abrirle el pecho, brotara tanta sangre que le salpicaría las manos y los alrededores, pero no fue así.

Contento, se aleja de la tumba.

Hay te apurás, vos le indica Claudio. Aquí te espero.

Vaya es su única respuesta.

Va en busca de un lugar discreto, fuera del alcance de los ojos de su amigo. Ahí cumplirá al pie de la letra con las instrucciones que le dio el anciano.

Al caminar oye algunos ruidos extraños, pero no les hace caso. Se los atribuye al viento.

—Estoy haciendo esto se recrimina, pero no estoy seguro de su efectividad, es más, lo creo una patraña. Sí, me considero victima de un engaño. Pero, ¿por qué sigo adelante? ¿Qué me impulsa? ¿Será el amor? No lo sé. Pero como bestia, sin razonamiento alguno, aquí voy. Siento como que yo mismo me observara y veo al ingenuo, abajo y delante de mi, caminando a altas horas de la noche con un corazón en la mano, fruto de la profanación de una tumba y todo por aceptar hasta lo absurdo para conservar el amor de la mujer que amo.

Llega a un lugar que le parece apropiado. Coloca el corazón en uno de los nichos que lo rodean, se quita el zapato y empieza a transmitir el mensaje, que dirige al amor de su vida. Su mirada está fija en la luna. Creo que el secreto –racionaliza-, de enviar el mensaje a través del zapato, está en que, la luna que alumbra este cementerio, al mismo tiempo lo hace sobre el asentamiento en donde vive mi amada. Es como uno de esos satélites artificiales de comunicaciones que recibe el mensaje en un lugar de la Tierra y lo descarga en otro. No le encuentro otra explicación.

Terminada la primera parte de la fórmula, se apresta a tomar el músculo cardiaco y hacer lo que le indicó el anciano, y que sin duda lo amarrará con lazos de amor indisoluble al corazón de su amada.

Alarga la mano para tomar la víscera. ¡No está! La busca alrededor del nicho y no la encuentra. Un escalofrío recorre su columna vertebral. ¿Cómo es posible que haya desaparecido? ¿Vendría el difunto por ella?

El tiempo se va y no puede completar el rito.

Bueno, ya habrá otra oportunidad -se dice, a manera de consuelo.

Ahora, su pena es no fallarle al amigo que espera que vuelva con el órgano para restituírselo al pequeño difunto.

Para su fortuna, la casa en donde vive está cerca del cementerio, en los pueblos todo queda cerca, y recuerda que hay menudos de marrano y entre ellos, vio un corazón. No creo que mi amigo note la diferencia -se dice. Ni que se pusiera a examinarlo, no tiene ningún motivo para hacerlo y menos en la oscuridad.

Más tarde, ya con el corazón de marrano en la diestra, va en busca de su amigo y de la tumba profanada. De nuevo, escucha los misteriosos ruidos, es como si alguien lo siguiera. Cuando él se detiene, el ruido también lo hace. Vuelve a ver y no hay nada. Camina de nuevo y el ruido lo sigue. Se voltea y a lo lejos distingue una silueta blanca que pasa con rapidez entre dos mausoleos y tiene la sensación que apareció y se desvaneció en la nada.

Los nervios empiezan a traicionarlo. Aprieta el paso. Juraría que la tumba y su amigo están cerca pero no los distingue. Se le viene a la memoria un cuento de la tradición oral guatemalteca, que le contaban de niño y que lo asustaba. Era sobre un muerto al que le quitaron una nalga y en su lugar le colocaron un guacal. Y luego, por las noches salía a buscarla e iba diciendo por las calles: dame mi nalga y te doy tu guacal. ¿No será que el niño difunto lo está siguiendo en busca de su corazón y él, tratando de engañarlo con otro y lo que es peor, con uno de animal?, se pregunta, mientras su temor sigue creciendo.

Camina otro poco y los ruidos lo siguen. Es como que algo reptara detrás de él. Da media vuelta, baja la vista y sonríe. En el zapato que no utilizó a manera de teléfono, tiene pegado un pedazo de cinta adhesiva. Al caminar lo arrastra y éste ocasiona los ruidos al atravesar la pequeña vegetación que crece entre las tumbas. Retira la cinta y continua la marcha.

A consecuencia del frío del amanecer y como resultado de las cervezas que tomó, siente deseo de orinar. Coloca el corazón de marrano sobre el nicho que tiene cerca y orina con fruición. Termina. Se siente aliviado, pero al moverse pierde el equilibrio y cae dentro de la tumba y sobre el niño fallecido, a quien, sin darse cuenta, había orinado.

¡Mierda! Expresa con cólera Y todo porque el cerote de Claudio se fue.

El cadáver está empapado, gracias a la hermosa orinada que da la cerveza y él, que cayó encima, se moja y enloda por el efecto de su propia micción.

Esta es la venganza del difunto. -Se dice con remordimiento y con un temor que crece y amenaza con invadir todo su ser. Distingue de nuevo la silueta blanca que se mueve afuera de la tumba. La valentía que le daba la embriaguez hace tiempo que se ha desvanecido y el temor se transforma en terror, al verse solo, dentro de la tumba profanada, en compañía del difunto y afuera un fantasma. El fantasma de a saber que alma en pena.

Debo apresurarme dice, hablando para si mismo. Le colocaré el corazón, no creo que se de cuenta del cambio y lo sepultaré de nuevo. Mañana me va oír el cerote de Claudio.

Con dificultad, comienza a salir de la tumba. Allí, a poquitos centímetros está el corazón. Alarga la mano para tomarlo, cuando sorpresivamente el perro blanco del cementerio cruza frente a él y se lo lleva.

Arnaldo, sorprendido, da un grito de terror y cae de espaldas dentro de la tumba y sobre el pequeño difunto, para no levantarse jamás.

Primer lugar en la rama de cuento en el certamen de los Juegos Florales Nacionales: “Fiestas Julias” 2004. Huehuetenango. Guatemala.

08/06/2006 05:51 Enlace permanente. Tema: Cuento.

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Autor: Josefus Enricus Deserticus Errantibus

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Fecha: 09/06/2006 15:48.


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